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domingo, 3 de marzo de 2013

África

 Nunca soñé visitar Sierra Leona, es más, solo el nombre me traía imágenes de niños soldado, rebeldes descorazonados, el caos total y la vida que no vale nada. Habrá sido para enfrentar mis miedos y prejuicios que el destino, una bicicleta y unos cuantos platos de arroz me trajeron hasta esta jungla. Me cuesta entender como llegue hasta acá, en dos meses pase de estar en la extensión más grande e infértil del planeta a la humedad y color del África negra. El mundo se me ha vuelto un lugar mucho más chico. Hace seis meses que los domingos son lo mismo que los lunes, que rara vez me acuesto después de las diez de la noche y que no tengo otro despertador más que los rayos del sol. Los días se me pasan transitando un caminito al costado del mundo que no sé donde termina. No es nada fácil, no es un viaje de placer, nunca emprendí algo que me demandara semejante sacrificio, pero tampoco, nunca, sentí tan de cerca el vértigo y la magia de estar vivo. Hace seis meses que deje de contar billetes para empezar a contar anécdotas, aquí debajo y con muchísimo placer, se las dejo regaladas:

  • Construyendo castillos de arena
                Cruzar el Atlas en Marruecos era un desafío más que interesante, no solo por los 2300 mts de altitud del paso en la cadena montañosa sino porque del otro lado me esperaba el gran desierto del Sahara y el pueblo Berber. Lejos de lo que uno se imagina cuando piensa en el desierto y sus clásicas dunas, mi primer contacto fue un encuentro con grandes montañas de rocas y tierra, frías, estériles. En sus valles pasan ríos del deshielo del Atlas, allí se ubican los pueblos de origen Berber, previos a los árabes y conquistados por estos últimos.
                Todas las construcciones tienen el color rojizo de la montaña, porque son parte de la misma, como si le pidieran prestadas sus rocas y tierra para moldearla con agua y dejar secar, como construyendo castillos de arena. Bajando por estos valles me encontraba el 24 de Diciembre, se hacía tarde y ni siquiera tenía donde dormir. En un pueblito un partido de futbol en la ruta detuvo mi paso, allí apareció un señor que me invitó a su hogar. Abdel Halim me hospedó durante tres días, compartiendo lo poco que tiene, dueño de un gran corazón. Entre té, pan y sopa se paso la Nochebuena. El 25 me encontró ayudando a mi amigo marroquí a construir su nueva casa del otro lado del valle, un trabajo artesanal que requiere de fuerza y paciencia, apilando rocas para una primera base solida y luego armando grandes ladrillos de barro. Si bien el cous cous que compartimos al costado de la construcción estaba muy rico no pudo hacerme olvidar el cordero al palo que tenía en mi cabeza.
                Saltando de oasis en oasis se fue acercando el año nuevo. Buscando compañía occidental para el festejo (los árabes tienen otro calendario) fui hasta un pueblo 'turístico', donde solo encontré jubilados franceses que escapan del frio y se instalan meses con sus motorhomes en el desierto. Si perfilaba mal, el festejo  empeoró cuando el 31 me llegó un mail de la pareja con la que iba a cruzar el Sahara diciendo que abortaban la misión y se volvían a sus casas. A eso de las ocho de la noche todo el pueblo dormía, mi cabeza era un torbellino de ideas cruzadas. 'Feliz Año Nuevo Pablo!' me dije a mi mismo antes de dormirme en la carpa.
                Fueron días difíciles. La soledad ya me raspaba los huesos. Pedaleaba sin saber qué hacer. La angustia era en parte sanada por la hospitalidad de un pueblo marroquí que me abrió las puertas de sus hogares y familias una y otra vez.
                Después de estas semanas de incertidumbre respecto a como seguía mi viaje, me puse en contacto con Dan y Kumi. Un sudafricano y una japonesa que se embarcaron en la aventura de ir en bici de Londres hasta Sudáfrica, pero que el plan les quedo un poco exigente y finalmente pusieron de objetivo Dakar, Senegal (África es mucho más difícil que unos cuantos kilómetros en el mapa). Dan tiene unos cuarenta y pico, dejó su esposa e hijas por unos meses en su casa en Londres para hacer este viaje, también dejó atrás los dos atados diarios que solía fumar y lo estaban matando. A su viaje se unió Kumi, japonesa,( de 56 años!), que le pareció divertida la idea y sin familia ni nada que la até decidió animarse a pedalear.
                Juntos  salimos hacia el Sahara Occidental y así, casi sin darme cuenta, todos los sentimientos de angustia se habían ido, como también pasan los de máxima felicidad, están un rato y desaparecen, como los castillos de arena, cuando pasa la ola.


  • Passeport s'il vous plaît
                Hablar del Sahara sin hablar de la gendarmería y los militares sería como comentar sobre la pinguinera sin nombrar los pingüinos. Esta región del mundo tiene un nivel de militarización fenomenal, cada país con sus propias razones.
                Hacia el sur de Marruecos nos encontramos con el Sahara Occidental, una ex-colonia española ocupada por Marruecos hace más de 30 años. Son unos dos mil kilómetros de tierra costeando el Atlántico, de riqueza marina y subterránea. En los primeros mil kilómetros uno puede engañar a cualquier persona y hacerle creer que está en la ruta 3 camino a Rio Gallegos, solo tendría que cambiar los camellos por los guanacos. Luego la arena pasa a ser la gran protagonista y todo se vuelve más difícil.
                Este territorio contó con una gran resistencia de su pueblo, los Saharahuis, que no se reconocen marroquíes (de hecho la ONU aun no reconoce el territorio a Marruecos). El movimiento fue controlado pero las fuerzas militares hacen un gran esfuerzo para que ninguna noticia de la resistencia salga al mundo, y todo turista es visto como un posible vocero de lo que sucede allí. Esto se traduce en muchos controles militares y policiales en la ruta, a veces con 5 kms de separación. Las preguntas son siempre las mismas y mientras uno no diga que es de profesión periodista generalmente pasa sin problemas. El trato siempre fue muy bueno, con sonrisas y curiosidad por los locos ciclistas.
                A medida que nos acercamos a Mauritania la relación se volvió más cercana. Los gendarmes estaban preocupados por donde dormíamos y comenzaron a buscarnos alojamiento, dando lugar a anécdotas divertidas, como un señor que nos paro en el medio de la nada, solo una casita fantasma al costado de la ruta, y diciendo que la gendarmería habló con él nos invitó a pasar. Aceptamos, siempre es mejor un techo y paredes que viento y arena. Luego nos ofreció ducha de agua caliente, sorprendidos, ni dudamos. Nos hizo cruzar la ruta hasta un cuarto de maquinas, caños por todos lados y olor a huevo podrido, no entendíamos que tenia eso de ducha. Tomó una pinza enorme, aflojó una tuerca del mismo tamaño y los caños empezaron a largar agua termal casi hirviendo en todas las direcciones. Fue el mejor baño que me di en Marruecos, un literal sauna, todavía me arden los ojos del sulfuro.
                Entrar a Mauritania es una aventura en sí. Las reiteradas peleas con su vecino del norte dieron lugar a una frontera que está minada hace muchos años y nadie se preocupa por limpiar. Son cuatro kilómetros de tierra de nadie, huellas de autos que se pierden entre dunas de arena y mucho viento, la imagen apocalíptica la completan los pedazos de chasis de vehículos que se equivocaron de camino. Tuvimos que caminar casi todo el paso por la cantidad de arena que había, las huellas se pueden ver con claridad y uno solo tiene que seguir a los autos de los locales que saben bien el camino.
                Basta solo ver el uniforme de los gendarmes de Mauritania para entender que su suerte no es la misma que la impecable gendarmería real marroquí. El verde oliva, boina y anteojos negros, cual película de guerra africana, es lo que visten quienes dan las ordenes ahora. Todavía no entiendo como no le molestaban todas las moscas en la cara al militar que tomaba mis datos al entrar al país.
                Alcanza con juntar arena, viento, cabras y basura para describir este país de transición entre el mundo árabe y el África negra. De nómades en carpas y camellos, parece que el viento y la arena forjaron el carácter de un país con pocas sonrisas. La arena aquí es la que manda. Ganándole la batalla al sol, el cielo se vuelve gris en el horizonte. En la ruta los camiones y el viento pegan latigazos al pasar, la comida se vuelve 'crujiente' y acampar en la intemperie es una misión imposible.
                La relación con las fuerzas armadas siguió siendo muy cercana de este lado de la frontera. Con chequeos cada 50 kms para evitar tener movimientos rebeldes en su territorio, vamos pasando un desierto que se vuelve cada vez más hostil. Al segundo día de pedaleo, combatiendo un viento de frente que parecía robarnos toda la energía, nos detuvieron los gendarmes y con ordenes de superiores cargaron nuestras bicis en una camioneta y nos transportaron unos 15 kms hasta el próximo check point militar. Nos dejaron todo el día masticando arena y al otro día nos pasaron a buscar para llevarnos 250 kms mas adelante, a una zona ´libre de riesgo´. No entendíamos bien que pasaba y nadie nos daba una explicación. Después deducimos que dado los problemas de secuestros en Algeria prendieron la alarma en Mauritania y para evitar tener problemas con el gobierno de Cristina decidieron sacar a los ciclistas del medio del desierto. Nada fue alarmante ni parecido, tomando té y con mucha tranquilidad buscaron evitar correr riesgos y nosotros aceptamos.
                Una vez en la África negra la relación con las autoridades pasa a ser más una charla sobre nuestro viaje, que generalmente agrupa más de diez personas alrededor de las bicis en cada control policial, gritan y sonríen cuando descubren desde donde venimos. Con gran fama de corruptos, los policías de esta región del mundo hasta ahora jamás nos pidieron una coima, será por nuestro look desfachatado, después de pedalear cuatro días en caminos de tierra sin un baño de por medio. Solo, a veces, la charla termina con un policía pidiéndote un 'souvenir' o el numero de celular para llamarte y que le des una mano cuando decida irse a vivir a tu país.


  • Mañana: cielo estrellado
                Ser meteorólogo en el Sahara debe ser uno de los trabajos más fáciles del planeta, bastaría poner un cartel que diga: 'Soleado toda la semana'. Pasé más de un mes sin ver una sola nube, con días que la temperatura superaba los 40 grados (eso que es invierno).
                Los vientos también son grandes protagonistas. Generalmente soplando del noreste, empujaban la bici alcanzando velocidades promedio ridículas. Pero cuando, por capricho de la naturaleza o la ruta, el viento venia de costado o de frente uno toma verdadera conciencia de quien manda en el desierto.
                Las noches son frescas y el cielo se mantiene totalmente limpio, estrellado. Es tan estrellado que no hay zonas de oscuridad, si uno mira con detenimiento, entre las estrellas que más brillan, uno encuentra que hay millones más, perdiéndose en ese infinito, en esa incomprensible idea de pertenecer a algo tanto más grande, sin límites. Mientras miraba este cielo me acordaba de un documental sobre el universo y una de las leyes de la física que dice (a groso modo y perdón entendidos) que ‘este universo sufre un constante cambio irreversible’. Yo puedo construir un castillo de arena, pero es imposible que lo vuelva a hacer igual. Este cielo que veo hoy es único, mañana ya no será igual, nada se repite. Mañana no seré el mismo, ustedes tampoco.

Al otro lado del río
                Jamás sentí tan claramente el efecto de la naturaleza en mis sentidos como cuando cruce el Río Senegal. El cambio es tan radical que es imposible no percibirlo. Dejábamos atrás 25 días de viento y arena para andar los primeros kilómetros en el África negra, cuya puerta de entrada es Senegal.
                Eran las cinco de la tarde y el sol caía cuando bajamos del ferry. Pasamos rápido el papeleo y directo a la ruta. El aire era mas húmedo, se podía oler la vegetación a los costados, los insectos y animales le daban música al espectáculo. Como la naturaleza, la gente es muy diferente, ya no hay carpas sino aldeas tribales, casitas de paja, niños que sonríen y saludan al costado de la ruta. Empezaba a transitar por esa África que uno imagina cuando cierra los ojos.


  • Buena suerte y hasta luego
                A medida que nos acercábamos a Dakar se me iba acortando el tiempo. Era el punto donde tenía que decidir si seguir por África solo o pegar la vuelta. Y el día llego sin un plan claro en mi cabeza. Me despedí de Dan y Kumi con tristeza, pedaleamos un mes juntos, compartimos horas de charlas, días muy duros de pedaleo y muchas sonrisas. Nunca se sabe las vueltas de la vida si nos volveremos a ver pero nunca me voy a olvidar de estos titanes con los que cruce el desierto.
                No tenía una sola razón para no aprovechar la oportunidad de pedalear en el oeste africano. ‘Usa el sentido común, no hagas cosas estúpidas y vas a estar bien’ fue uno de los consejos que alguna vez me dieron. Me subí a la bici y salí.
                Pedalee dos días hasta llegar a Gambia, una ex-colonia británica metida en el medio de Senegal, donde lo que uno más se encuentra son señoras occidentales de 60 años con novios africanos de 20. La suerte estaba de mi lado y en el mismo camping donde pare, también había un ciclista alemán. Markus  viene desde su ciudad porque un día tomando café To-Go decidió que tenía que ir hasta ese país en bicicleta, año off de la consultoría y a pedalear. Sacamos las visas de Sierra Leona y Guinea, crestas en la peluquería local y arrancamos.


  • De Brancos Peleles y Mamas Áfricas
                África es el continente de los niños. Son mayoría y enloquecen al ver un blanco, mas si viene en bicicleta. Están los que lloran y corren a su casa, están los que se acercan y quieren tocar tu piel, tan diferente, y también están los que piden un poco más que un saludo. Uno pierde toda identidad y pasa a ser un ‘blanco’. El grito en la ruta depende de la etnia, pero va desde Tubap, Tubaco, Branco pelele, Porto, Aporto, etc. Siempre acompañado por una sonrisa de oreja a oreja esperan expectantes la devolución del saludo. El afecto es siempre lindo, pero ser tanto el centro de atención cansa, uno se siente un jugador de futbol famoso (de paso: es ridícula la cantidad de camisetas de messi), es parar a comer una naranja y tener 20 personas alrededor mirando, somos  como animalitos en el zoológico.
                Otro personaje infaltable de esta África negra son, las bautizadas por nosotros, ‘Mamas Áfricas’. Señoras de gran tamaño, con sus ropas típicas africanas, generalmente muy simpáticas y gritonas. Cargan en sus cabezas frutas, ollas y otras cosas. A los costados de su cintura generalmente se ven dos patitas, del bebe que va atado con un trapo en la espalda. Ellas ofrecen al costado de la ruta o en la vereda todo lo que necesitamos para vivir: Un arroz con algún acompañamiento, o cous cous, baguettes, y muchas frutas, como naranjas, bananas, mango y ananás. También tienen el café o lait local, 1/3 de leche condensada, cucharada de café y agua caliente en una gran taza. Los precios son tan bajos que es difícil consumir más de un euro. Sin ellas nada sería lo mismo.


  • Diarios de Bicicleta
                A medida que nos acercamos al ecuador la vegetación se hace más intensa, pasando de una especie de sabana en Senegal, a la jungla y las montañas en Guinea. Los países son cada vez mas inexplorados, las rutas mucho mas difíciles.
                Después de Senegal y la famosa región del rio Casamance, entramos en Guinea-Bissau, una ex-colonia portuguesa. Es un país muy pobre a pesar de tener muchos recursos naturales. De extensión muy pequeña, nos llevo solo unos días cruzarlo, pero alcanzamos a tener lindas experiencias, como parar en el cine de una aldea, donde los blancos intentaban dormir mientras toda la aldea miraba una película de acción. Lejos del cine que se imaginan esto era un galpón con bancos de iglesia y un televisor 20 pulgadas con el volumen a todo lo que da. Otra experiencia que fue muy interesante fue parar con unos médicos cubanos, que estaban enseñando medicina y dando una mano en la comunidad. La noche se nos paso tomando café cubano, charlando un poco de nuestro viaje, de Silvio Rodriguez, el comunismo cubano y del Che.
                 Las rutas en esta parte de África no tienen más autos que algún que otro taxi compartido, viejos Peugeot cargados con quince personas y tres metros de equipaje en el techo, donde pueden ir hasta cabras  y gallinas.
Después de unos días llegamos a la otra Guinea. Nos esperaban rutas de tierra rojiza en estado deplorable, montañas, jungla y un calor insoportable. Fueron días muy difíciles para pedalear pero un paisaje que compensaba. Nos topamos con ríos y cascadas que nos sirvieron de refresco, nos cruzamos con monos, dormimos en las aldeas. Comer con la mano todos de un mismo gran plato y bañarnos con un balde de agua ya es parte de la rutina. Por las noches, incluso en las grandes ciudades, no hay luz eléctrica, mejor tener la linterna a mano.
Hace dos días llegamos a Freetown, Sierra Leona, donde planeamos los próximos movimientos, tan inciertos como todo este viaje.



Además de la experiencia increíble de recorrer estas tierras tan diferentes, África me recuerda cada día que en esta tómbola de la vida tuve la suerte de caer en un pequeño grupo de privilegiados. Privilegio que no viene porque tenemos un auto, una casa linda o una computadora, sino porque tenemos opciones,  porque podemos elegir cada mañana que queremos hacer con nuestras vidas, que rumbo tomar, la gran mayoría de los que habitan este planeta no.

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